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PRÓLOGO DESDE MI CORAZÓN
Por: Gaspar Coll i Rosell
Historiador del Arte
Profesor de la Universitat de Barcelona
Hay un momento que las personas necesitamos hacer un alto en nuestra trayectoria vital. Se nos impone una desaceleración en lo que creemos nuestras libres opciones de vida, cuando en realidad éstas no son más que huidas hacia adelante. Hay encrucijadas oportunas para la reflexión y el encuentro con uno mismo, donde se toma conciencia de los olvidos hacia el respeto propio y de lo estériles que han sido un sin fin de renuncias a participar, a involucrarse en la existencia, absurdamente antes de haber alcanzado nada; ningún objetivo creador, ni tan siquiera partícipe de acciones positivas ajenas.
Existe un momento en nuestras vidas que pedimos ayuda a gritos, a menudo sin saberlo, mas allá de la conciencia, pero con imperante desesperación.
Esto ocurre cuando descubrimos que todo lo que hemos aprendido desde nuestra infancia y adolescencia, que todas nuestras obras y logros, incluso las mejores, las hemos vivido hacia afuera, en la ignorancia de un auténtico aprendizaje y crecimiento interior, en la indiferencia ante la complicidad ajena, sin sabernos partícipes de una energía universal que nos une a los otros seres, nuestros hermanos y hermanas, todos juntos en el territorio común que es la “madre naturaleza”.
Este cambio, esta toma de conciencia, casi nunca ocurre porque sí, solo porque sea oportuno o acuciante para nuestro equilibrio; ocurre cuando alguien o álguienes se cruzan en nuestro camino, aparentemente por casualidad, a veces recibidos como inoportunos, pero siempre en un papel catalizador o revulsivo.
De estas cosas y algunas más, de este momento especial en cada una de nuestras vidas, de sus consecuencias, de nuestra atención o no a la llamada, nos habla ese nuevo libro de Helen Flix: Desde mi corazón.
Narrado en clave de doble biografía, de vidas entrecruzadas que se complementan y se ignoran a la vez, narrando - quien sabe si- las propias experiencias como si fueran ficción, convertidas en encarnaciones duales de la unicidad que somos todos, mezclando lo potencial de toda vivencia con lo real de todo sueño o anhelo, Helen Flix nos ofrece en esta “novela” lo mejor de si misma, con honestidad y sinceridad autocrítica, con veracidad descarnada y a la vez sensible, respetuosa; con un punto de alegre ironía. Todo con el pudor de ir a lo esencial y no perderse en la anécdota, con la generosidad de querer compartir con el lector las “lecciones” del caminante, quizás torpe pero osado, emprendedor, valiente.
El relato es una puerta abierta al “conocimiento”, a la senda de sabiduría que una vez emprendida no tiene retorno. Es también una ventana a realidades ultra sensoriales que nos pueden conectar con lo eterno, con nuestro ser esencial que trasciende el llamado “tiempo real”, con la energía cósmica que se focaliza en puntos luminiscentes cuando se individualiza en cada uno de nosotros. Es un apunte de auténtica Cosmogonía, pero sin alardes ni voluntad de pontificar, ni de predicar ninguna Teodicea. Todo lo contrario, se parte de lo real en aquello que es natural, de lo físico y cotidiano, de lo que es común a los seres humanos que quieren respetarse, comunicarse, quizás amarse... Sabiéndose cómplices de una suma de destinos que tienen una razón común de existir: aceptar cada uno plenamente con responsabilidad y gratitud su propia “misión”, su karma, para construir de manera individual y colectivamente un mundo en paz y plena armonía, quizás espejo inmanente de la idea cósmica de perfección.
Helen Flix alcanza lo más profundo desde lo llano, con gran naturalidad y capacidad de comunicación, que se vive a través de sus principales personajes y sus tiempos y lugares distintos: con la escritora Naomi Esteve y Victor su ignoto corrector, desde sus vidas entrecruzadas casi siempre a destiempo, en actitudes asimétricas pero que se conectan al final, en el momento oportuno, cuando se otorgan mutuamente dones esenciales; con el “niño” Juan, compañero de iniciaciones de Naomi y futuro chaman, símbolo de la alegría de aprender en comunión con el propio entorno; con las enseñanzas de Amaru, Tlahtaoni y el resto de los “ancianos indígenas”, que nos hacen aprender desde una lección de auténtica humildad el reconocimiento de la diversidad y el sin sentido de todo etnocentrismo; con la dureza edificante y revulsiva de la “Woman medicine”; con la dignidad y amor entregado –casi auto destructivo pero fructífero- de la bella Tahiri. Todo ello narrado utilizando un lenguaje fresco y dinámico, donde la trama y el desarrollo subyacen por debajo de cada una de las vivencias contadas; experiencias todas de gran fuerza e impacto emocional, de gran trascendencia pedagógica.
Los amigos que, como yo, conocemos a Helen desde hace años, que recibimos a menudo sus consejos terapéuticos y participamos de sus enseñanzas, reconoceremos en estas páginas mucho de lo que la autora nos ha dado y sigue aportando. Podremos constatar en la narración la coherencia vital de muchos predicamentos pero con un “cambio de enfoque” en el guión, desde un cierto quiebro en el ángulo de visión digno de la reconocida imaginación y capacidad de fabulación de la autora, acreditadas en sus anteriores libros. Aquí, Helen Flix no discursa desde su posición de terapeuta, psicóloga o maestra; aquí la narración se hace más creíble porque se adopta el punto de vista del que se sabe aprendiz, del que recibe las enseñanzas de los “más sabios”, en potencia cualquier ser humano, del que accede al conocimiento partiendo de uno mismo, del que sabe que todo auténtico saber parte de un compromiso personal con la vida, entendida como un don que interacciona con el prójimo y lo natural.
En Desde mi corazón se “desnudan” los personajes y nos ofrecen la posibilidad de cotejar sus vidas con las nuestras. Podemos aprender mucho leyendo lo que nos cuentan: quizás se nos ofrezca una matriz para aprender a leer en nuestra propia vida.
Gaspar Coll i Rosell
Historiador del Arte
Profesor de la Universitat de Barcelona |