Capitulo 9

LAS ENSEÑANZAS DEL VENERABLE GYATSHO TSHERING 

 

Al abrirse las puertas lo primero que vi fue una sala vacía muy grande, era cuadrada y tendría unos sesenta metros cuadrados, con cuatro columnas. Tenía ventanales en las paredes externas, a derecha e izquierda. El techo estaba adornado con sus ventiladores. La pintura de la pared desconchada era de color verde claro. Las cortinas de seda naranja cubrían parte de las ventanas. 

Otra puerta, en el otro lado, una sala de espera con sillas y sillones, a mano derecha una habitación mas pequeña de unos diez metros cuadrados, con un pequeño altar con muchas velas y opuesto al mismo, un sofá de madera maciza tallado a mano con el asiento forrado de seda naranja igual que las cortinas. Delante del sofá una mesa de madera con incrustaciones de marfil, encima del asiento un retrato del Dalai Lama cubierto por una cata, y unos asientos a juego paras las visitas. Era el despacho privado del Dalai Lama, donde recibía a las autoridades y mecenas. 

A continuación otra sala grande, con un tresillo, un sofá y una tarima para meditar, una puerta en un lado, y al entrar en ella vi una cama con dosel y tapado por una cortina con los símbolos de la bandera tibetana el baño de su santidad. Me comentaron que mientras dormía uno de sus monjes meditaba a los pies de su cama y los monjes del monasterio podían pasar alrededor de la cama y verle mientras dormía. 

Sentí un poco de agobio, debía ser difícil vivir levantando tanta admiración y respeto. 

Todo estaba decorado de color amarillo y naranja, el color del grado de conocimiento del XIV Dalai Lama. 

Me llamó la atención lo cuidado y limpio que lo mantenían todo, daba la sensación de que podía aparecer por allí en cualquier momento. 

Ellos se ocupaban de que todo estuviera preparado para su regreso a casa. 

Nos quedamos en la salita privada del Dalai Lama y sus maestros, consejeros y médico. 

Me señaló Tsetsar que me sentara en el sofá de tres plazas, a mi lado colocó a Dorje y en un cómodo cojín encima de mullidas y gruesas alfombras azules con dibujos típicamente tibetanos se sentó el maestro. 

Yo me sentí algo incómoda al ver al hombre sentado en el suelo encima de la tarima, automáticamente después de sentarse, cerró los ojos, cogió en su mano izquierda el mala de madera que llevaba enrollado en la muñeca y pasando cuenta a cuenta fue recitando una armoniosa letanía. 

Tsetsar me dijo: - Mientras colocamos las alfombras sobre el suelo, arreglamos el despacho de las recepciones oficiales y la sala de la entrada para las iniciaciones o la meditación, los monjes de cocina traerán aquí los enseres para el té y las comidas. Siempre habrá alguien de secretaría para atenderles, cualquier objeto, libro o cosa que crean que ustedes necesitan nos lo piden. 

Yo asentí con un movimiento de cabeza imitando ese gesto vago de ladearla en una especie de si que no dice nada y una gran sonrisa en mi rostro.No podía dejar de pensar en Jorge, y en como su “ego” encajaría aquella movida, y me producía cierta sensación de satisfacción vengativa. No me reconocía en ese papel infantil, pero lo estaba disfrutando. 

Luego se dirigió a Lama Dorje en inglés por cortesía a mí o para que el maestro no se incomodara, no me quedó claro: 

-Tú debes quedarte todo el tiempo, que sean ellos los que hagan los encargos, el venerable anciano no debe quedarse sin traducción ni por unos instantes. Cuídalos a los dos, que puedan entenderse sin agotarse por el esfuerzo de hablar otros idiomas diferentes de los suyos. Lama Dorje movió la cabeza y la bajó juntando sus manos a la altura del corazón, eso equivalió a un: ¡Bien, de acuerdo, así lo haré! Tsetsar salió dando órdenes en tibetano, parecía el sargento de intendencia por el tono en que se dirigió a los monjes que trabajaban en grupo como hormiguitas disciplinadas. Cuando el monje secretario salió de los aposentos se hizo un silencio absoluto que solo era interrumpido por las recitaciones del anciano. A pesar de que eran algo más de quince monjes todos ellos jóvenes, no tendrían más de dieciséis o diecisiete años no hacían ruido alguno colocando las alfombras, destapando los muebles cubiertos con sábanas y encendiendo las candelas de grasa del altar privado del Dalai Lama en la habitación contigua. 

El venerable Gyatsho dejó de recitar, abrió los ojos y se levantó del suelo para sentarse en un sillón a nuestro lado. Inmediatamente dos monjes bastante fornidos y algo mas mayores nos colocaron a cada uno delante nuestro en una mesa auxiliar un servicio completo de té, y dejaron en otra mesa fuera de la habitación esos termos chinos que contienen mas de dos litros de té con leche, el xai, lo mantienen caliente como reciente salido del fuego. Son toda una institución en los monasterios. 

El estómago se me removió nada mas ver la taza, no quise que me sirvieran, pero en cambio les pedí agua para beber, hacía mucho calor húmedo y me sentía deshidratada. Salieron corriendo a buscar agua. El anciano ordenó que pusieran en marcha los ventiladores del techo para refrescar el ambiente. 

Por fin se dirigió a mí en inglés: -¿De que le gustaría que hablásemos? 

Yo pensé unos instantes y le respondí: 

-Del amor de pareja. Bueno en realidad de cómo poder amar a la pareja con la que nos hemos casado. 

Dorje le repitió lo que yo le había contestado en inglés traduciéndolo al tibetano. 

El anciano se lo agradeció y me respondió en correcto inglés con una nueva pregunta: 

- ¿Qué sabe usted de budismo? 

Yo le sonreí antes de responder, dispuesta a no ser muy sincera, aún había recelo en mí. 

-Muy poco. He visto la película “El pequeño buda” y el día después de mi boda con Jorge vimos “Siete años en el Tibet” – Hice una breve pausa y proseguí: 

>Se que Sidharta Gautama es el buda, una especie de “Mesías” para los budistas. Que él es quien crea la filosofía. Nació en lo que hoy conocemos como Lumbini en Nepal y dio su primer discurso o enseñanza, bueno algo como esto que hacemos hoy, en Benarés a cinco hombres que luego serían los primeros cinco monjes que difundirían su enseñanza. Dio el discurso bajo un ficus. 

>Leí su biografía hace años escrita por Herman Hesse y me pareció fascinante la idea del término medio, que surgió de escuchar como un profesor de música les contaba a sus alumnos: Si tensaban demasiado una cuerda (el ayuno y la vida de los renunciantes) esta se rompía, pero si la dejaban demasiado floja (la vida ordinaria) esta sonaba mal, no daba la nota. Así que para que la cuerda desprendiera una hermosa melodía debía estar en el “justo punto medio”. 

>No se mucho más, Jorge si que ha leído muchos libros pero yo muy poco, casi nada. Me suenan las palabras pero no se si tengo los conocimientos que ellas implican. 

Lama Dorje iba a traducirle pero el monje le silenció. 

-Bien, bien, primero le contaré de forma sencilla y sintética que es el budismo para poderle responder a su cuestión sobre el auténtico amor. 

Hizo unos gestos y pidió a los monjes que grabaran lo que él me iba a contar para dármelo el día que yo me fuera.

Tomó un sorbo de té cuando vio que los muchachos me habían traído una botella grande de agua y un vaso de cristal. 

Y comenzó a hablar muy lentamente supongo que tenía que pensar muy bien las palabras que debía utilizar en Inglés. 

>Buda se distingue entre otras figuras espirituales de la historia por que jamás admitió tener ningún don especial, ni ningún tipo de inspiración Divina, ni ser un profeta elegido de Dios. Incluso nunca le pidió a sus oyentes fe ciega, se limitaba a pedirles que midiesen sus enseñanzas con el rasero de sus propias vidas y sus propias experiencias.

>Buda decía “ehi-passika” que significa: Venid y vedlo vosotros mismos. Si así lo hacemos, si evaluamos nuestras vidas y nuestras propias experiencias, lo que conseguiremos es la revolución de nuestra conciencia, la trascendencia del sentido individual y del limitado yo. Todas las escuelas budistas se basan en todo momento en el examen y en la comprensión de nuestra propia mente. 

>El Dhammapada, es uno de los primeros textos que se escribieron unos doscientos años antes del nacimiento de Cristo, y afirma lo siguiente. Hizo una ligera pausa para descansar, tomó otro sorbo de xai y le pidió a Lama Dorje que me tradujera lo que él nos diría en tibetano, le pidió que lo hiciera en español para que yo también pudiera liberar tensión. 

Se lo agradecí la cabeza comenzaba a dolerme. Oí y olí cuando nos trajeron la comida, me alegré pues descansaríamos un rato. 

Lama Dorje se alegró de ser útil y se dispuso a traducirle. 

>El Dhammapada nos dice: “lo que hoy somos se debe a nuestros pensamientos de ayer, y son nuestros pensamientos actuales los que construyen nuestra vida de mañana; nuestra vida es la creación de nuestra mente, si un hombre habla o actúa con mente impura, el sufrimiento le seguirá de la misma forma que sigue la rueda del carro al animal que lo arrastra. >Lo que hoy somos se debe a nuestros pensamientos de ayer y son nuestros pensamientos actuales los que construyen nuestra vida de mañana; nuestra vida es la creación de nuestra mente. Si un hombre habla o actúa con mente pura, el gozo le seguirá de la misma forma que lo hace su propia sombra”. 

La traducción se hizo lenta, pues el anciano le dictaba el trozo del texto de memoria y Lama Dorje, hacía esfuerzos por encontrar las mejores palabras en castellano, así que cada frase era todo un ejercicio de lingüística a veces corregía la misma palabra tres veces hasta encontrar la mas oportuna; o se la preguntaba en inglés al anciano y si esta era la mas adecuada, entre él y yo buscábamos la mas acertada en castellano. Los dos querían hacerlo perfecto. Sonaron las “rag dung” (trompetas largas) en el tejado que con su penetrante vibración marcaban la hora de la comida en el Monasterio. 

Gyatsho Tshering bromeó y dio por finalizada esta parte de la lección. Le guiaron los jóvenes hasta la habitación de la entrada, allí habían montado la mesa y las tres sillas para comer. Yo pregunté por Jorge, y Dorje me confirmó lo que me temía, él también comería con su maestro para aprovechar mejor el tiempo.

© 2008 Helen Flix

 

 
HELEN FLIX
HELEN FLIX