CAPITULO I 

BARCELONA-MUMBAI 

 

Por fin habíamos llegado al aeropuerto del Prat en Barcelona y esperábamos turno ante la azafata de la Compañía Air France que debía facturar nuestro equipaje y asignarnos los asientos del vuelo internacional a París y del Intercontinental a Mumbai en India. 

Jorge estaba insoportable desde el día anterior, lo criticaba todo, protestaba constantemente y hacía y deshacía los planes que él había organizado cuidadosamente semanas atrás, a tal velocidad que era dificilísimo seguirle, yo ya sabía que esa era la tónica habitual en él cada vez que nos íbamos de viaje, pero estaba agotada de escucharle y de intentar seguirle en sus incoherencias. 

De pronto quedó todo en silencio, me daba cuenta que el ruido seguía alrededor de mí, pero yo era incapaz de oírle, estaba bloqueada, veía como los labios de Jorge se movían, seguía protestando por el rato que llevábamos allí en pie, por el madrugón obligado para poder tomar aquel avión de enlace, por lo incompetentes que eran los viajeros al facturar sus equipajes, por lo incompetente que era todo el personal del aeropuerto, y por el tiempo tan justo que teníamos para realizar el enlace en el aeropuerto Charles de Gaulle. Yo era incapaz de oírle, me parecía todo tan ridículo, se había comportado groseramente en sus comentarios hacia unos pasajeros que estaban facturando y su presunción de habilidad viajera era claramente una tapadera a sus inseguridades y miedos. ¡Estaba harta! ¿Por qué lo hacía todo siempre tenso y difícil? Yo movía la cabeza mecánicamente como si realmente le escuchara, pero por mi mente pasaban a una velocidad estrepitosa los recuerdos del día anterior, mezclados con los de otros días previos a otros viajes, pertenecientes al pasado. Las mismas situaciones se repetían una y otra vez. 

A Jorge le agobiaba madrugar, su cerebro no funcionaba bien hasta pasadas las nueve de la mañana, así lo expresaba a menudo. El día que Jorge debía madrugar no podía dormir, se sentía inquieto, por lo que el día antes de partir lo complicaba todo para que yo no pudiera hacer las maletas, antes de la madrugada y ya nos manteníamos despiertos hasta salir hacia el aeropuerto. Esta vez había hecho lo mismo. Eran las cinco y treinta y cinco de la madrugada, llevaba veinticuatro horas sin dormir y me quedaban otras tantas hasta llegar al hotel en Mumbai, después de quince días de trabajo intenso, pues el viaje a India era nuestro segundo viaje intercontinental en menos de un mes. Hacía tan solo quince días que habíamos regresado de Estados Unidos y mis pacientes estaban reclamando mi presencia al igual que los niños en casa. 

En algún momento, Jorge se debió dar cuenta que llevaba rato perdida en mis pensamientos y con gesto de enfado se calló. 

Estuvimos así unos larguísimos cinco minutos, el silencio se rompió gracias a la muchacha de la facturación. 

- Buenos días señores, el vuelo que Ustedes van a realizar es de no fumadores, tal como marcan las normas internacionales de aviación. 

Jorge le interrumpió y dijo: 

-Pero el asiento del avión que va a Mumbai tampoco lo queremos de fumadores, ni tampoco la fila que tienes a los fumadores en el cogote, porque eso los aviones lo tienen mal organizado, ya me dirá usted, si fuman justo detrás de mi señora, le están tirando el humo encima y son muchas horas de vuelo. 

La azafata miró atenta a la pantalla y le comunicó a Jorge que el vuelo París-Mumbai era de clase no fumadores y que llevaba una cabina especial para ellos. 

Yo puse cara de aliviada, él hizo un comentario de aprobación y nos dirigimos a la puerta de embarque. Me pregunté cuantas frases tardaría en protestar por algo. Dos más o menos. -Está bien que no les dejen fumar. Oye, pues que se jodan, lo de fumar perjudica a terceros... ¿Te duele la pierna?-. No entendía su capacidad de percepción tan fuerte y rápida ante cualquier dolor o malestar que yo pudiera sufrir. De inmediato me liberó del paquete que yo llevaba y Jorge cargó con la cámara de video, la maleta de mano y mi maletín, era tan atento y amable... pero hoy esos detalles no me compensaban su constante mal genio. Es más, me molestó que no pudiera ni tan siquiera tener la posibilidad de esconderle mi dolor y vivirlo en el secreto de mi intimidad y seguir llevando mi maletín de mano que por cierto ¡pesaba como un muerto! Antes de que tuviera tiempo de responder a su acción de llevar mi maletín, siguió con sus quejas. 

-No, si no puede estar peor hecho este aeropuerto, no tenemos intención de ir a pie a París. ¿Ya veremos si tenemos tiempo en cuarenta y cinco minutos de realizar el cambio de avión? 

Enfadada le miré y con dureza en la voz, le increpé. 

-¡Vale ya, Jorge!, Estoy harta, no haces más que poner pegas y proyectar conflictos y problemas, porqué no piensas que ellos conocen bien su aeropuerto y por eso te dan cuarenta y cinco minutos para el enlace. Debe ser suficiente, no me marees más. Desconcertado por mi reacción, se enfadó. 

-Bueno, vale, yo solo me preocupo por tu pierna, así no vas a poder correr. ¡Siempre que viajas te pones de una mala leche!. 

Aquello fue la gota que colmó el vaso, yo era la que siempre se ponía nerviosa, pero si llevaba viajando desde que tenía siete años y viajar era uno de los placeres más hermosos de la vida. Arremetí, entonces furiosa contra él. 

-¿Que yo me pongo nerviosa?. Oye, estoy hasta las narices, siempre sueltas tus "mierdas emocionales" encima de mí y cuando me canso de aguantarte me culpas a mí de estar de mal humor, cuando el que me pones nerviosa eres tú. ¡Estás inaguantable! Jorge muy serio contraatacó. -Mira, yo no sé que haces a mi lado sí tanto té molesto. Ya sabes, cuando quieras lo dejas y al menos así seremos felices. 

Una vez más había utilizado la vía del ataque directo como defensa. Ahora yo debía asustarme, hacer reculis y él añadiría en tono paternal: "Es que no sabes lo que quieres, estoy muy dolido, siempre me machacas". Me besaría y me seguiría diciendo "Si yo te quiero mucho y todo lo hago por ti". Pero esta vez había llegado a mi límite y muy seria, con tono de voz amable, le respondí: 

-Cuando regresemos de este viaje, hablaremos con José-Luis, el abogado que llevó tu divorcio y solucionaremos las cosas. 

Estábamos ya delante de nuestra “gate” y justos de tiempo para embarcar a nuestro primer destino, París. 

Nos quedamos muy silenciosos los dos, sentí un enorme alivio. Su silencio, lejos de asustarme, había provocado en mí, una gran tranquilidad, me dejaba espacio para pensar. 

No deseaba realizar el viaje a India, me asustaba la pobreza que sabía nos encontraríamos, había visto recientemente muchos reportajes y hacía algún tiempo, mi hermano Gregorio junto a unos compañeros médicos, habían estado en Calcuta, colaborando con Médicos del Mundo, a su regreso me contó la dura experiencia, por lo que aún se me hacía más difícil emprender este viaje, pero Jorge deseaba ir a un Monasterio Budista, desde hacía más de año y medio. 

Por aquel entonces fuimos a unas charlas e iniciaciones que unos monjes budistas llegados de India estaban realizando en Barcelona, fue hermoso y a Jorge le impactó tanto que desde ese día no paró de leer libros sobre el budismo Tibetano, ese hecho a mí me asustó un poco, pero como no entró a formar parte de ningún grupo, me relajé. Ahora nos dirigíamos al monasterio de donde procedían esos Monjes. Me preguntaba una y otra vez que necesidad teníamos de ir a un Monasterio a dormir y comer con los monjes. Suponía que dormiríamos en el suelo, comeríamos poco y mal y las condiciones higiénicas deberían ser mínimas. Además, yo conocía poco del budismo, lo veía una religión compleja e incluso aún más dura que cualquier otra religión cristiana. 

Jorge rompió el tenso silencio.

-Esperemos que los aviones sean cómodos. Ahora directos a Charles de Gaulle, cuando lleguemos tendremos que preguntar, pues tan solo dispondremos de cuarenta y cinco minutos para realizar el cambio de avión. 

-Si, es muy justo, pues el aeropuerto de París es muy grande- respondí con desgana.

 

© 2008 Helen Flix

 

 
HELEN FLIX
HELEN FLIX